Para la inteligencia cubana, cualquier persona puede ser útil. Así lo asegura José “Pepe” Cohen, excapitán de la Dirección General de Inteligencia de Cuba, quien entre 1987 y 1994 trabajó en secreto para la CIA antes de escapar a Florida en una balsa.
En conversación con Gelet Martínez en The Havana Files, Cohen relata que alrededor de Langley, Virginia, sede de la CIA, Cuba montó una operación para reclutar a trabajadores de los restaurantes donde los oficiales estadounidenses iban a tomar algo después del trabajo. Según explica, un mesero puede aprender nombres, colocar un micrófono o perfilar los hábitos de un oficial.
Cohen también describe cómo, durante el éxodo de 1994, la contrainteligencia cubana tocó puertas para dar “luz verde” a colaboradores del régimen que quisieran emigrar, y cómo luego el régimen usa el chantaje familiar para obtener su cooperación desde Estados Unidos.
Su testimonio llega en un contexto concreto. El exembajador estadounidense Manuel Rocha fue condenado en 2024 a 15 años de prisión tras admitir que trabajó durante décadas para la inteligencia cubana. Cohen fue uno de los ex-oficiales que advirtieron entonces que Rocha era “solo la punta del iceberg”.