Cuba: la Ley Mordaza cabalga de nuevo 

¿Se fue de Cuba alguna vez? ¿Se hizo invisible, cayó en su día desmayada o muerta por inútil? No, siempre estuvo ahí esa obscena Ley 88, madre putativa del Decreto 348, que no pretende tapar la boca a los que piensan, sino arrancar de cuajo las cuerdas vocales y el mismo pensamiento que crea amenazante, inoportuno, peligroso.

¿Y quiénes determinan que un pensamiento merezca la mordaza? Los que no piensan. Los mismos de siempre, disfrazados de valerosos defensores de las murallas puras de la patria. Los que creen ser  “un hueso duro de roer”, o quizá solamente eso, un hueso.

La Ley 88 siguió viva tras la llamada Primavera Negra del 2003, cuando fueron enviados a prisión 75 disidentes, entre ellos 27 periodistas independientes. Porque en la Isla nada puede ser independiente, lo que se convierte en una dolorosa contradicción.

Según el líder máximo y sus repetidores, el pueblo luchó (más de cien años) por alcanzar la independencia. De España primero, y luego de los Estados Unidos. Ya más tarde el país fue ligeramente dependiente de la URSS y después de Venezuela, pero fue eso: sólo ligeramente.

Tras haber logrado esa hazaña, el pueblo no puede ser independiente de un gobierno que lo asusta y maltrata, que lo amenaza, que lo zarandea y lo mantiene vigilado las 24 horas, porque no confían en él. Como un guardia a su prisionero.

Pero ¿qué se puede esperar de un sistema social, regido por una ideología partidista, que en su día quiso querer construir un país “con todos y para el bien de todos”, y ha resultado ser que casi todos carecen de todo bien, y ni siquiera pueden decirlo o pensarlo, porque alguien inventó que eso pudiera considerarse “colaboración con el enemigo”.

Para colmo de los colmos, en un informe reciente de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) se registró que el gobierno de Cuba mantiene las libertades de expresión y de prensa como conductas delictivas.

Un sitio, para no decirle país, donde la libertad –en todas sus formas- sea un delito, se parece más a un campo de concentración que a una patria. Patria es entonces únicamente el suelo que uno pisa, porque se supone que patria es casa, el lugar donde se es feliz o se lucha por serlo. No he conocido nunca felicidad sin libertad..

 

De las mejores cosas que tiene eso que llaman revolución cubana, así, en minúsculas, porque con el tiempo se ha encogido al mínimo, es que, desaparecidas las figuras de siempre, otros nombres aparecen y comienzan a titilar, tímida o aceleradamente, en el firmamento de la patria, que es como un cemento bastante barato.

Ahora ha saltado un nuevo cancerbero: Rubén Remigio Ferro, presidente del Tribunal Supremo, que ha tuiteado esta sarta de bravuconadas de esquina:

Delirium tremens padecen esos que creen que nos van a amedrentar con amenazas, acosos y coacciones. ¡No conocen la estirpe de los descendientes de Maceo, Céspedes, Agramonte, Camilo y Fidel! ¡¡¡Viva Cuba libre!!!”.



Por supuesto que todo el que quiera darse aliento e investirse de algún valor, se tira encima eso de la “estirpe” de Maceo, Agramonte y Céspedes, que cualquier escolar bien adoctrinado confunde con asaltantes del cuartel Moncada.

Pero creo tener malas noticias para el gallo Rubén Remigio, sí creo conocer a alguien vinculado directamente con la estirpe del Titán de Bronce: Marcos Antonio Maceo Urgellés, el único bisnieto de Antonio Maceo que aún vivía, falleció en la tarde del 8 de mayo, en Cuba, sumido en la miseria y en una vivienda que estaba a punto de caerle encima.

Tal vez Marcos Antonio, real heredero de esa estirpe de los Maceos, no pudo protestar por ello. Quizá no lo dejaron. Algún otro mastín paseó delante de sus ojos la cuchilla sangrienta de esa Ley 88 que quiere alzar Rubén Remigio sobre el cielo patrio. Así, sin tapujos, a viva voz, como gritaba en el estadio Latinoamericano Armandito “el tintorero”.

Con lo cual, ya sin antifaz ni mordaza, y gracias a Rubén Remigio Ferro (no olviden ese nombre, porque “el que a Ferro mata, a Ferro muere”)  el mundo comprenderá de una buena y puñetera vez que la justicia en Cubita la bella no se hizo para defender al ciudadano, sino para doblegarlo, para callarlo y para lastimarlo. Para hacerle la vida un ocho interminable