Apuntes para un crimen perfecto

Toda imagen equivale a una ficción. O tal vez sería más justo decir que toda imagen funda su propia ficción. Cuando se trata, como aquí, de reescribir una imagen dada, sujeta a cierto simbolismo de alcance histórico, entonces la sentencia de inicio cobra un sentido irrefutable. 

En este caso, la fotografía es apenas el móvil, el objet trouvé, por Reynier Leyva Novo (La Habana, 1983) en su intento de suscitar otro de sus discursos revisionistas.

Se trata entonces de una serie de ready made fotográficos, en que el artista manipula distintos referentes visuales con el fin de desmontar, en principio, y reconstruir, a la postre, su valor simbólico y estético.

Detrás de estas imágenes se esconde un fragmento de historia, un segmento narrativo que tiende a desplegarse o contraerse, dependiendo de la circunstancia. “Un día feliz” conviene con la posibilidad de imaginar el absurdo. Es una suerte de relato kafkiano sobre el proceso político que inicia en la Isla con los años sesenta. De ahí que nos induce a develar sus acertijos, a escudriñar con obstinación en cada escena que nos parece inconclusa, esquiva en su sentido inmediato.

Un día feliz. Reynier Leyva Novo.

Porque aun cuando esgrimen un vacío definitivo, estas imágenes no escapan a una presencia casi espectral, poderosa e irreductible. Si bien advertimos en ellas cierta poesía, un dramatismo provocado por ese regodeo en el sinsentido y la argucia, no conseguimos ignorar lo que no está, lo que se ha censurado a la manera estalinista.

Esta serie se expone ahora, por vez primera, como un conjunto orgánico. Justamente cuando el calendario indica una fecha cerrada –los sesenta años de la Revolución Cubana—, concerniente a todos de alguna manera, merece la pena especular sobre las muchas secuelas de un proceso que ha impregnado y controlado todos los sentidos de la vida nacional.

Algunas preguntas se imponen por sí solas: ¿Existe cierta nostalgia respecto a los años de encantamiento y catarsis revolucionaria? ¿En la omisión se descubre la reverencia a un espacio y un tiempo perdido, o eclipsado, por el propio proceso? ¿Sería posible una Revolución sin caudillos, sin una imagen que idolatrar a muerte?

Si existe un lugar para estas piezas, de seguro, se encuentra en esta época. Tan solo miran con vacilación, sin el habitual fanatismo que polariza y segrega, a un imaginario fosilizado, especie de naturaleza muerta que decora la cosa pública: nuestra televisión, el espacio urbano, los titulares de cada medio oficial. Ironizan a propósito del gran relato fotográfico que reescriben: la felicidad se debe, extrañamente, a la ausencia, a una trivial soledad.

Después de todo, ¿hay una Historia feliz? Si hubiera tal Historia, seguramente, comienza en los predios de nuestra fotografía épica. ¿Apuesta el artista por una épica sin héroes? Sería ese el crimen perfecto.