Los 90 de Armando Hart

González Reinoso repasa la trayectoria de Armando Hart desde su punto de vista, contrario al de las loas que por estos días le profiere el oficialismo, dado que este sábado cumpliría 90 años
Armando Hart Dávalos
 

Reproduce este artículo

Un día como hoy, de continuar con vida, habría devenido Armando Hart Dávalos en ente nonagenario, pero se le ocurrió morirse un año y un día después de su adorado líder, Fidel Castro, el 26 de noviembre de 2017, rindiéndole, de tan fino modo, postrer tributo con la también centralizada/planificada extremaunción.

Recordemos que el duelo oficial por la partida del letrado a otras alturas duró nueve días, los mismos que la iglesia católica designa para conseguir subir las almas ya purificadas de pecados al señor.

Alcanzar longevidad, más que centenaria dado El club de los 120, fue la otra propuesta chiflada del querido dictador, Fidel Castro, invocada desde el Olimpo en Punto Cero, vergel florido con moringa, cercados tan edénicos jardines con el malvado marabú, el que tantas espinas tiene como pelos de púa, y en cada una: una cámara.

Pues hasta para morirse bajo aquella umbría, y siempre “dentro” de su inerte Revolú, les puso metas el magnífico a sus muy destituibles vasallos.

El comisario y exministro de Cultura, prohijado en aquellos nombramientos que iban y venían a merced del humor irritante del mandante, se hizo “famoso” en su momento de gloria (lo que implica poseer una dosis considerable del masivo odio-desprecio inconfeso), no por ilustrar un país inculto, semianalfabeto y chancletero, sino por establecer parámetros que restringirían -más allá del sonado quinquenio que él pintó de gris- las libertades de expresión y de asociación pacíficas de algunos conciudadanos “de menor valía”.

Salido de una carpeta guerrerista ¿o guerrillera?, cual hoja envenenada, ávido por agradar con experimentos de extorsión a quienes lo acompañaron en interminable cruzada contra la auténtica creación artística, bautizó una era extensible en varias fases del jacobino terror, de la que aún guardamos suerte de asco mezclado con rencor.

Fue Armando también, ya que afrancesamos en el crisol de todas las revoluciones mundiales, nuestra versión light de Klaus Barbie, el carnicero de Lyon. Porque sin cortar cabezas con el hacha, lo consiguió igual con afilada pluma.

Muchos culpan de tan mala leche a su mala estrella, la ira que descargó sobre el resto sin conmiseración exceptuando a la reprobación del comandante. Haber perdido toda su familia en trágicos accidentes lo convirtió en un hombre amargado, detrás de una sonrisa fingida que escondía la profusa producción de bilis dentro del maltratado cuerpo, el que terminó ensillando. 

Compartir el desdén por el (mal llamado) “destino” podría aliviar ese horrendo modus vivendi que lo arrastró al caos existencial. Haberse quedado también sin “su” otra Celia, no la émula de los Desamparados Manduley que al jefe perteneciera, sino la neo ideóloga “comunista” propia y del insignificante Abel, sin sus dos hijos, consecuencia de un inexplicado accidente de tránsito, que lejos de despertar las usuales animadversiones entre sus potenciales víctimas suscitaron abierta compasión por la pérdida humana, sucedida el 7 de setiembre del 2008, un día antes de avistada La Cachita (1612) flotando sobre una tabla en la bahía de Nipe, patrona cobriza y bienhechora de la ciudad donde ambos nacieron y crecieron.

Entonces la gente se pregunta anonadada ¿Qué hicieron tan mal esos muchachos para merecer eso? ¿Qué hizo en cambio el bueno de su padre?


Sobre la muerte de la esposa, Haydee Santamaría Cuadrado, se rumora que el famoso suicido de la hermana de Abel, el joven mártir, con toda la carga dentro del mito de su hermano, más la terrible circunstancia de ver a un pueblo otrora contento decepcionado de tanta lata barata y de consignas vacías, queriendo escapar del régimen pro soviético impuesto por aquel enfermo con la anuencia de su marido, ocurrió el 26 de julio de 1980, pero para no aguar “el carnaval moncadista”, aunque siguieran muriendo más que aquellos 55 inicialmente traicionados, decidieron hacerlo público el 28.

Admitir que la fiestera conmemoración del frustrado ataquito al cuartel santiaguero se convirtiera en nacional alharaca por decisión personal del “gran guerrero victorioso” (quien nunca llegó a la balacera), se le puede imputar al difundidísimo tema musical del Grupo Mayohuacán: con aquello de “El 26 es el día más alegre de la Historia”. 

Pues en la comparsa hallaremos la esencia, el meollo, el núcleo duro de la verdadera política cultural entretejida por un entretenedor astuto, como lo fue el finado Presidente del Centro de Estudios Martianos y, por ende, de la empresarial “Sociedad Cultural José Martí”, comercializadores de santos iconos. (Esperemos que el apóstol jamás se entere de esa calamidad denigrante que empañó su inmaculado nombre, al menos, lucrativamente).

Porque ahora reaparecen oportunistas/celebradores del olvidable cumpleaños, siempre dispuestos cuales plañideras de mortuorios, a suscitar risa o llanto. Según sea la marea.
    
El diario Juventud Rebelde publicó el 11 de junio, con dos días de antelación a su exclusiva impresión semanal, en la letra alabadora de Marina Menéndez Quintero, una loa insulsa e hipócrita sobre la gestión personal de un hombre mediocre (Oh, José Ingenieros, te la comiste en clasificar biotipos), que solo por deuda de incondicionalidad ideológica al insustituible resultó el “premiado”, saltándose felizmente de un cargo a otro.
 
Entre lindezas textuales destaca este encomio suyo:

“Se resume muchas veces su obra en hechos que pudiéramos llamar tangibles, como su exitosa dirección de la Campaña de Alfabetización y, con ello, el eficaz cumplimiento de la misión que le encomendó Fidel, siendo, para la fecha, el joven e ilustrado ministro de Educación, el primero que tuvo la Cuba revolucionaria... Se le recuerda también por su labor como aglutinador ministro de Cultura, que supo calar profundo para ver todo lo imprescindible que hay en el arte…”

Pero no se dice palabra del Plan destutanador implementado por él (más el ubicuo verdinegro) contra la independencia creadora, ungido a cuatro manos bajo aquel mandato. Nada siquiera del único coloquio-debate autorizado después de “El Quinquenio Gris: Revisitando el Tema”, en la Sala Che Guevara de la Casa de las Américas, hace ya 13 años, donde La Prensa ni fue invitada, y por lo tanto aún se carece de elementos para escribir sobre el delicado e importante evento.

A fin de mantenernos desactualizados acerca del periodo bautizado por Ambrosio Fornés -época que en realidad abarcó varios lustros-, numerosos artistas y personalidades culturales fueron excluidos o separados de sus centros de trabajo y el encuentro largamente postergado que inicialmente discutiría ciertas regresiones en la sede del Instituto de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), “por motivos de espacio, fue trasladado”, pero nunca abierto al respetable.

Desiderio Navarro, editor de la revista Criterios y director del centro cultural homónimo, sombrilla del coloquio, denunció la artimaña de reducir la participación justipreciadora de la era terrible del zar manipulador a unas 500 lunetas.
 
Si tenemos en cuenta que la membresía de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) supera cómodamente los cinco mil creadores, evidentemente los principales interesados quedaron fuera del cónclave. 
“Palabras a los Intelectuales”, aquel traumático discurso nazi fascistoide del señor Don Pomposo en la Biblioteca Nacional (1961), constituyó para Armando Hart su particular Biblia en la peregrinación castrista. 

Así se entiende como descalificación suya restarle patrocinio al Centro Cultural Criterios. Equivalente a liquidar moralmente una institución que llevaba, tres lustros atrás, 45 años de intensa vida intelectual diseminadora.

Pero competir con el flamante ministro siendo la “facilitadora y coordinadora del debate, para que se consideren todas las inquietudes y sugerencias que responsablemente se hagan y podamos colaborar con este proceso dialéctico permanente y necesario, de abordar y elaborar las contradicciones inevitables de todos los procesos”, lo señaló en medio de la polémica, nada menos que un miembro de la propia familia imperial, la infanta Mariela Castro Espín, tan resbalosamente como lo ameritaba el momento, en carta al Premio Nacional de Literatura, Reynaldo González.

Porque nada fue previsto por la familia intumbable. Suscitar tal revisionismo daría cabida a temas sociológicos y filosóficos aún de actualidad, peligrosos para el sistema como los sosos postulados del occiso para su “Revolución del siglo 21”.

El resumen final de la obra de Hart podría abreviarse en ser el registro de los signos de una apertura moderada, por no decir huera, escasamente ajeno al desbarajuste soviético de abrir todas las gavetas a la vez, con las consecuencias harto conocidas. 

Conclusión del debate: Los cubanos jamás harán reformas o tropezarán siempre en el intento, también gracias a él y su gestión encubridora, con idéntico seboruco.

Pero terminemos este artículo de opinión no con mi criterio personal, sino con el que ofreció el teólogo brasileño Frei Betto a la corte marcial, y al que la periodista cita: “… un ser humano que daba gran importancia a la subjetividad y a la religiosidad”. Eso fue. Y nada más.

Escrito por Pedro Manuel González Reinoso

(Caibarién, Las Villas, 1959) Escritor Independiente. Economista (1977), traductor de lenguas inglesa y francesa (1980-86). Actor y Peluquero empírico. Fundador de ¡El Mejunje!, Santa Clara (1993) donde nació a Roxana Rojo. Trabajos suyos incluyen poesía, artículos, ensayos. Su personaje aparece en varios documentales del patio: "Mascaras" y "Villa Rosa" (Lázaro Jesús González, 2015-16), "Los rusos en Cuba" (Enrique Colina-2009). Fue finalista del Premio Hypermedia de Reportajes en 2015.

 

Relacionados